¿Qué es el estrés?
Se han expuesto hasta cinco formas en que esta palabra se puede emplear: (1) para referirse a una situación (normalmente novedosa o adversa), por ejemplo el desempleo, exámenes, enfermedad, cualquier cambio… (2) para referirse a la apreciación personal que se hace de una situación (“…sentirse agobiado por…”), enfatizando esta apreciación subjetiva por encima de la situación en sí misma (podemos sentirnos agobiados por situaciones objetivamente inocuas), (3) para describir la respuesta del individuo en la situación, ya sea en términos fisiológicos, o psicológicos (cognitivos, emocionales, conductuales), (4) para referirse a la relación de desequilibrio entre las demandas del ambiente y los recursos del individuo, y (5) para describir las consecuencias nocivas concretas de todo el proceso.
Así que el concepto de Estrés, hoy en día, se utiliza de forma indiscriminada tanto para designar al proceso global, como para referirse individualmente a cada uno de los elementos que lo conforman (estresor, elaboración subjetiva, respuesta del individuo ,y consecuencias).

¿De dónde viene el término estrés?
Ha sido un concepto en evolución a lo largo del siglo XX, desde que fuera introducido por primera vez en el ámbito de la salud, en 1936 por Hans Selye, para referirse al conjunto de cambios fisiológicos que tienen lugar en el organismo como respuesta a determinadas situaciones y estímulos, tanto internos como externos al individuo; cambios dirigidos a hacer frente o adaptarse a la situación. Esta respuesta, la respuesta de estrés, es una respuesta inespecífica; es decir, puede ponerse en marcha ante un amplio abanico de situaciones, estímulos, contextos…cualquier cosa que pudiera ser percibida como una “amenaza” para el organismo. Fue denominada originalmente por Selye como Síndrome General de Adaptación, que según Selye contaba con tres etapas: la fase inicial, o Fase de Alarma, en la que el organismo moviliza sus recursos (aumenta la presión sanguínea, la tasa cardíaca, el nivel de glucosa en sangre, aumenta el nivel de atención y alerta, se inhiben funciones digestivas, sexuales y de sueño….) con el objetivo de enfrentar la amenaza, el estresor (que en el reino animal puede ser, por ejemplo, un depredador, y todos los recursos fisiológicos movilizados pueden ayudar eficazmente o bien a luchar o bien a huir. En el mundo humano, aunque se activan idénticos mecanismos fisiológicos, la realidad es bien distinta y el resultado, inevitablemente, también). A la fase de Alarma le sigue la fase de Resistencia, en que el organismo está haciendo lo posible, con los recursos movilizados, para resolver el estresor. En el caso del reino animal, en este punto tiene lugar la persecución, o bien la pelea, entre la presa y el depredador. De los recursos movilizados, de lo bien ejecutada que esté la respuesta de estrés (en ambos animales), dependerá la supervivencia de ambos. El estrés aquí juega un papel vital. La tercera y última fase descrita por Selye es la Fase de Agotamiento; si el estresor no se ha podido resolver y se mantiene en el tiempo, las mismas respuestas fisiológicas, que estaban dirigidas a movilizar los recursos del organismo, se vuelven crónicas, y empiezan a tener un impacto en la salud. En el ejemplo del reino animal, esta situación no es tan frecuente, puesto que si la presa no tiene recursos suficientes para huir, simplemente morirá víctima del depredador. O bien será más veloz, correrá hasta perderlo de vista, y así se resolverá el problema y se normalizarán las variables fisiológicas, sin que estas tengan ninguna consecuencia negativa. Es poco probable, para un animal, que una situación estresante se mantenga de forma crónica. Esto es algo más propio de las personas.
¿Cómo evoluciona el concepto de estrés?
El término se introduce inicialmente en el contexto de la medicina, aplicado a agresiones biológicas y condiciones fisiológicas. Varios años después comienza la «psicologización” del concepto: se incorpora la percepción y la valoración subjetiva del individuo en la descripción del proceso de estrés, se introduce el concepto de Afrontamiento, y la utilización del término se extiende para empezar a describir la relación entre el individuo y su situación, la relación entre las demandas del entorno y los recursos personales que percibe el individuo para afrontarlas.

¿Cómo afecta esto a las personas?
La introducción del concepto de estrategias de afrontamiento resulta fundamental, puesto que pone de relieve la importancia de la elaboración cognitiva que hace el individuo: si la situación se percibe como amenazante (que en el mundo humano, esto puede ser, por ejemplo, situaciones puntuales, como las prisas, una pelea, o un examen, o bien miedos más profundos, como quedar expuesto al rechazo, a la soledad, al fracaso, o situaciones adversas como el desempleo, pobreza, desamparo, violencia, abuso, negligencia, abandono… una infinidad de posibilidades altamente estresantes. No obstante también pueden ser situaciones inocuas que el individuo, en su elaboración y por sus propias tendencias y aprendizajes, percibe como amenazantes) y el individuo no percibe que disponga de recursos suficientes para afrontarla (en el mundo humano, hablamos de recursos psicológicos, como la información, la capacidad cognitiva, las estrategias de afrontamiento, las ganas o la motivación, así como recursos materiales, tiempo y dinero, y sociales, apoyo del entorno, servicios disponibles…), entonces se dispara la Fase de Alarma, desencadenándose una serie de respuestas neuroendocrinas, emocionales, y conductuales, dirigidas a resolver el estresor. Las mismas respuestas que, prolongadas en el tiempo, pueden tener un impacto muy significativo en la salud.
Y esto, en el caso de los seres humanos, puede ocurrir incluso aunque el estresor haya quedado objetivamente resuelto, puesto que el ‘evolucionado’ cerebro humano permite (y de hecho tiende a hacerlo) mantener activas las representaciones mentales del estresor: se proyectan en nuestra cabeza como una película y para el organismo es como si siguiéramos estando allí, facilitando enormemente que las respuestas fisiológicas del estrés se cronifiquen y afecten negativamente a la salud.

En resumen…
Así pues, parece que en la respuesta fisiológica al estrés, los aspectos cognitivos pueden ser tan importantes, o más, que el estresor en sí mismo. El propio Selye, años después, diferenció entre dos formas de estrés, diferenciadas esencialmente por la elaboración del individuo: por un lado, habló de distrés, cuando no se dispone de recursos suficientes y el estresor se vive como amenazante, y de eustrés cuando la situación se vive como un reto, y se perciben recursos para afrontarla.
A estos dos patrones de elaboración cognitiva podrían subyacer distintos patrones de respuesta neuroendocrina, e incluso distintos patrones de funcionamiento inmunológico, según parecen indicar algunos autores tras el hallazgo en ratas de, al menos, dos patrones diferenciados de funcionamiento inmunológico que se ponen en marcha según el estilo de afrontamiento de las ratas.
Así que, el problema del estrés no tiene por qué ser el estresor en sí mismo, sino más bien su continuidad en el tiempo cuando no se tiene manera de resolver, o bien aún resuelto, nuestra mente lo mantiene activo porque no sabemos desconectar. Ambas vías conducirán a la persistencia de las respuestas fisiológicas del estrés, lo que finalmente tendrá un impacto sobre nuestra salud. ¿Cuál? El estrés se asocia con una lista interminable de problemas, desde psicológicos y psiquiátricos hasta médicos. Cuál nos afectará finalmente dependerá de cada uno, de sus vulnerabilidades genéticas y predisposiciones particulares.
David Alonso Vidal
Psicólogo Sanitario de Psience

