Existen muchas formas distintas de enfermar en los seres humanos. Una de las más importantes ha sido muy estudiada en los últimos años por la comunidad médica científica y puede comprenderse a través de la psiconeuroinmunología: la ciencia que estudia las interacciones entre la mente y el cuerpo, la unidad indivisible entre emociones y fisiología en el desarrollo humano a lo largo de la vida, tanto en la salud como en la enfermedad. Se podría explicar a grandes rasgos como el estudio de las diferentes maneras en que la mente y el contenido emocional interactúan de forma muy profunda con el sistema nervioso, y cómo esta relación tiene un impacto en el sistema inmunológico que nos defiende de las agresiones.

Algunos expertos como el doctor Noel B. Hershfield, profesor de medicina de la Universidad de Calgary,  han llamado a este nuevo campo «psiconeuroinmunoendocrinología», para indicar que el sistema endocrino, las hormonas, también forman parte de este conjunto de respuestas que involucra a todo nuestro cuerpo. Estas investigaciones del doctor Hershfield y otras más innovadoras están desvelando exactamente cómo funcionan estos vínculos descubriendo su base científica.           

Durante la historia de la humanidad, desde la medicina más antigua a lo largo de los siglos, muchos médicos comprendieron que las emociones estaban profundamente implicadas en el origen de las enfermedades y en la recuperación de la salud. Actualmente esta información está cada vez más difundida de una manera más veraz y más rápida gracias a la ola creciente de textos de investigación, artículos y revistas científicas.

Debemos tener en gran consideración que el sistema inmunológico del cuerpo humano no vive aislado de nuestras experiencias cotidianas. Por ejemplo, se ha demostrado que las defensas inmunitarias normalmente presentes en personas jóvenes sanas, como pueden ser estudiantes, pueden llegar a desaparecer cuando sufren la presión por sus exámenes finales. Además, los estudiantes más solitarios son los que sufren el mayor impacto negativo sobre su sistema inmunitario. En un grupo de pacientes psiquiátricos se observó que la soledad se podía asociar directamente con una menor actividad inmunitaria. En el caso de la presión por los exámenes, los efectos del estrés a corto plazo son obvios; pero habría que considerar los efectos a largo plazo del estrés crónico, ya que en muchos casos las personas viven sus vidas como si, inconscientemente, estuvieran sometidos a la mirada atenta de un examinador autoritario al que deben complacer a toda costa. Es habitual vivir inmersos en relaciones en las que no somos reconocidos ni valorados, en las que nuestras necesidades profundas no son tenidas en cuenta. Habitualmente el aislamiento y el estrés afectan a muchas personas que consideran que sus vidas son bastante satisfactorias.

Un error que a veces ocurre en la medicina contemporánea es el de tratar de comprender a los seres humanos separados del entorno en el que viven, juegan, trabajan, aman y mueren, y esto puede suponer un gran sesgo a la hora de trasladarlo a la práctica clínica. El médico e investigador canadiense Hans Selye, entre otros muchos expertos en el campo de la medicina, nos revela que cuanto más se especializan los médicos, más saben sobre una parte del cuerpo o un órgano concreto y menos tienden a comprender al ser humano en cuyo interior reside esa parte o ese órgano concreto.

¿Cómo puede el estrés transformarse en enfermedad?

Para responder a esta pregunta partimos del conocimiento que ya tenemos sobre el estrés como una respuesta física y bioquímica ante estímulos emocionales. Y por otro lado tenemos en cuenta un punto de vista biopsicológico de las emociones, consideradas como descargas eléctricas, químicas y hormonales de nuestro sistema nervioso, que tienen efecto sobre (y son afectadas por) nuestros órganos, nuestras defensas y el desarrollo de las sustancias biológicas en constante movimiento que ayudan al funcionamiento del cuerpo.

Reprimir emociones de forma prolongada en el tiempo puede llegar a desactivar el sistema de defensa del cuerpo contra las enfermedades. Es decir, que la represión que sitúa a las emociones en un lugar inconsciente desestabiliza y puede confundir a nuestras defensas fisiológicas, de tal modo que en algunas personas estas defensas empiezan a funcionar de forma incorrecta y se convierten en destructores de la propia salud en vez de actuar como sus protectores. Por otro lado sabemos que el estilo de afrontamiento emocional condicionará el tipo de respuesta inmunológica y es aquí donde el tratamiento psicológico y la psicoterapia tienen su gran potencial para el cambio. Es aquí donde los profesionales de la salud mental intervenimos para que los efectos del estrés prolongado no lleguen a interferir en la respuesta del propio sistema inmunológico.

Desde esta perspectiva del enfermar humano partiendo del estilo de afrontamiento emocional y la modulación inmunológica, puede resultar un tanto delicado sugerir que el modo en que las personas han aprendido a vivir su vida pudiera contribuir al desarrollo de sus enfermedades. Es cierto que las conexiones entre ciertos comportamientos y patologías que aparecen a posteriori resultan muy obvias en algunos casos, como por ejemplo el tabaquismo y el cáncer de pulmón. Esta conexión es más difícil de demostrar cuando se trata de la relación entre emociones y aparición de otras enfermedades como la esclerosis múltiple, el cáncer de mama o la artritis, porque además de padecer la enfermedad, el paciente puede llegar a sentirse culpable por su manera de haberse comportado en la vida y por su manera de ser. No se trata tanto de buscar culpables sino de responsabilidad, definida como la habilidad de responder conscientemente a las circunstancias que condicionan nuestra vida y no simplemente reaccionar ante ellas. No puede existir verdadera responsabilidad sin consciencia de ser, y una de las debilidades de la mirada médica actual consiste en convertir al médico en la única autoridad y relegando al paciente con frecuencia al rol de mero receptor del tratamiento. De esta manera, a las personas se les priva de la oportunidad de volverse realmente responsables de su propio enfermar o de su propia transformación hacia la salud. Es decir, que cuanto más sepamos sobre nosotros mismos menos propensos seremos a convertirnos en víctimas pasivas. Por supuesto estos lazos entre la mente y el cuerpo deben tenerse en cuenta no solo para comprender la enfermedad, sino también la salud.

El doctor Robert Maunder, miembro de la facultad de Psiquiatría de la Universidad de Toronto, ha escrito mucho acerca de la interrelación cuerpo-mente. Al estudiar la enfermedad llega a la conclusión de que poder ofrecer información sobre cualquier elemento en la salud humana puede ser crucial si existe un vínculo entre las emociones y la fisiología. No informar a las personas sobre los efectos del estrés y el vínculo mente-cuerpo les privará de una poderosa herramienta de sanación. Lo que nos revelan varios estudios es que los seres humanos generamos de manera temprana diferentes tipos de estrés oculto y conforman una trama tan profunda que parecen una parte de nuestra identidad.

Pero llegados a este punto observamos limitaciones en el mismo lenguaje, ya que a la hora de hablar de vínculos entre mente y cuerpo, esta idea sugiere que existen dos entidades separadas que de algún modo están conectadas. Sin embargo, no existe tal separación. En la vida no existe cuerpo sin mente ni existe mente sin cuerpo. Por lo tanto queda aún mucho por hacer incluso desde la manera en la que lo nombramos y lo comunicamos.

Esperando que haya sido de tu interés, y debido a la gran complejidad y multitud de información sobre este tema, trataremos más adelante diversas herramientas y formas psicoterapéuticas para abordar soluciones ante el estrés y su posible vinculación con las enfermedades.

Elias Alonso Vidal

Psicólogo Sanitario de Psience

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