Nos encontramos ante la tercera oleada de contagios, y no podemos más. Estamos exhaustos. El número de casos se ha disparado durante este mes de enero, como también la fatiga psicológica a causa de esta situación.

Vamos acumulando incertidumbre, estrés, miedo, somatizaciones, ansiedad y síntomas depresivos, que a su vez dejan desprovisto al sistema inmunológico favoreciendo la posibilidad de enfermar. Así mismo, el consumo de alcohol y tabaco continúa aumentando, con el riesgo que implica para la salud.

Hace ya más de un año, la COVID-19 apareció en China y comenzó a extenderse por todo el mundo, hasta convertirse en una pandemia que convulsionaría nuestra forma de vida. El mundo en el que vivimos cambió como por arte de magia de la noche a la mañana.

Más allá de los riesgos para la salud asociados al virus y las trágicas consecuencias como la pérdida de decenas de miles de personas y seres queridos, su impacto económico, cultural, social y psicológico es evidente y no deja indiferente a nadie.

Este impacto favorece algunos factores de riesgo psicológicos, como la sensación de soledad, la preocupación excesiva, la exposición constante a noticias sobre la pandemia, la incertidumbre económica y las situaciones de desempleo, estar en contacto con algún contagiado, haber sufrido un período de confinamiento prolongado, aislamiento e imposibilidad de ver a familiares y amigos, mala salud física o psíquica, duelo por la pérdida de algún ser querido, entre otros.

La vida ha cambiado; nuestras rutinas y hábitos también, así como nuestras prioridades, el tiempo y forma de ocio, la manera de relacionarnos, y a consecuencia de todo ello, nuestra salud emocional. Existe un antes y un después en nuestra sociedad lo queramos o no. La COVID-19, acrónimo que antes nos era desconocido, ahora es parte de nuestra experiencia vital, de nuestro día a día, presente en nuestros pensamientos y en nuestras conversaciones más cotidianas. ¿Cómo nos afecta esto? ¿Sabemos y entendemos la magnitud de los efectos psicológicos?

Las consecuencias en la infancia.

¿Cómo se sienten los menores tras el confinamiento? ¿Cómo están llevando esta situación de miedo mantenida durante tanto tiempo?

Varios estudios en el rango de edad entre 2 y 14 años señalan que esta realidad les está afectando a nivel físico, social, académico y emocional. Concretamente, en los menores destaca la culpabilidad ante la posibilidad de contagiar a sus seres queridos, así como el miedo a contagiarse y no saber cómo afrontar la situación. Paralelamente, existe una necesidad de relacionarse con sus iguales y mantener rutinas tales como salir y socializar mostrando cercanía y afecto.

Por ello, es fundamental que los gobiernos tengan en cuenta a los menores al implantar medidas para paliar las consecuencias de esta devastadora pandemia.

Jóvenes y adultos cansados y estresados.

Varios estudios muestran elevados niveles de estrés, ansiedad y depresión entre los adultos jóvenes de 18 a 25 años, significativamente mayores que los de la población general entre 16 y 60 años, probablemente porque gran parte de estos adultos jóvenes son estudiantes que han tenido que adaptarse a un nuevo panorama educativo con clases online.

Los jóvenes, fundamentalmente, se están volcando en las redes sociales más que nunca, y esto favorece más problemas de autoestima, entre otras cosas. También existen dos tipos de afrontamiento en este grupo de edad: uno en el cual toman responsabilidad y actúan de forma proactiva y madura, y otro en el que las conductas son más egocéntricas y presentan más riesgos.

Las personas mayores, pese a que tienen la peor parte en términos de vulnerabilidad, no parecen haber salido tan mal parados a nivel psicológico, al menos hasta el momento, con la excepción de los mayores de 60 años afectados por enfermedades crónicas.

Los sanitarios más asolados y abandonados que nunca

Es indiscutible que los sanitarios son el grupo que se ha enfrentado a los estresores más intensos desde el inicio de la pandemia, a causa del trauma que ha generado el colapso del sistema sanitario, con interminables jornadas laborales, miedo altruista (por no dejar “tirados” a los compañeros), la necesidad de enfrentarse a tareas para las que no estaban preparados, la sobrecarga, la presión, la precariedad, la escasez de equipos de protección y personal, la sensación de que nada es suficiente y un largo etcétera. Debido a todo esto, es frecuente que manifiesten insomnio, somatizaciones, estrés postraumático, ansiedad y depresión, entre otros síntomas, así como mayor prevalencia de trastornos mentales.

Para poder dar una respuesta eficaz y de calidad de cara a mantener nuestra salud mental, es importante trabajar para prevenir o paliar futuras consecuencias a nivel psicológico, además de continuar trabajando en la identificación de las necesidades psicológicas. Es innegable que continuarán apareciendo mientras dure la crisis mundial que estamos viviendo.

¿Qué podemos hacer? Tanto a nivel individual como global:

– Aceptar que es una situación que no ha terminado y que tenemos que seguir afrontando. Es importante permitirnos sentir y comprometernos en la medida de lo posible con cuidarnos, pidiendo ayuda profesional siempre que lo necesitemos.

– Limitar la cantidad de noticias relacionadas en alguna medida con la pandemia.

– Identificar y entender nuestro ritmo de vida. Aprovechar para conocernos y conocer a las personas que nos rodean.

– Valorar lo positivo de cada día y fomentar la gratitud.

– Compartir con alguna persona o grupo de apoyo los problemas y alegrías.

– Mantener hábitos saludables y reanudar cuidados relacionados con la salud.

– Ser compasivo con uno mismo.

– Descansar, tanto física como mentalmente.

– Desconectar de la situación global y conectar con nosotros mismos practicando la atención plena.

– Favorecer la calidad y coherencia de la información.

– Fomentar la atención en los grupos de riesgo (jóvenes estudiantes, mujeres, personal sanitario, personas con problemas de salud física y/o psicológica).

– Mejorar el acceso a la salud mental para reducir la huella psicológica.

Con cada nueva oleada de contagios, estamos más y mejor preparados. Sin embargo no ha habido margen para aliviar cargar emocional y acumulamos cada vez más fatiga psicológica. Cuidémonos para ayudarnos a afrontar la realidad de esta situación, favoreciendo así en nosotros una mejor respuesta, previniendo síntomas y pidiendo ayuda para enfrentarnos a lo que ya llevamos cargando y para evitar la cronificación de síntomas.

Si tienes cualquier duda o crees que te podemos ayudar, puedes contactar con nosotros sin ningún compromiso.

Celia López Pérez

Psicóloga Sanitaria de Psience.

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