A lo largo de estos últimos meses han cambiado multitud de cosas en el mundo en que vivíamos. Algunos de nosotros hemos dado un gran salto hacia el teletrabajo, y nos hemos tenido que desprender de las formas de ocio más convencionales, del trato social más allá de aquellos con quienes convivimos, aprendiendo a relacionarnos desde la distancia con los demás. Una distancia de, al menos, dos metros. Hemos tenido incluso que hacer cola para entrar en un supermercado. Hemos visto las calles vacías y los comercios cerrados. Hemos sido testigos de una pandemia insólita, que se propaga más rápido que el propio coronavirus; una pandemia que, sin embargo, no se debe a ningún microorganismo; resiste cualquier lavado de manos y se contagia sin importar la distancia, sobre todo a través de la televisión y los medios de comunicación. Se trata de la pandemia del miedo, a la que todos somos vulnerables.

Pero, ¿Qué es el miedo?

El miedo es una de las emociones más básicas y primarias que existen. Todos los animales son capaces de experimentarlo. Incluso algunas plantas y organismos unicelulares, que carecen de sistema nervioso, pueden presentar una respuesta de miedo ante ciertos estímulos, aunque no experimenten las mismas sensaciones fisiológicas que los animales. El miedo está presente de un modo u otro en todos los organismos vivos. Y la explicación a esto es muy sencilla, y es que el miedo es un instrumento fundamental para la supervivencia de cualquier especie, que permite escapar o defenderse del peligro, y en el caso de los animales, la intensidad de las sensaciones que genera permiten además aprender ese peligro para anticiparlo, detectarlo, y así prevenirlo o evitarlo en posteriores ocasiones. Así que el miedo ha jugado un papel fundamental en la historia de la vida y la evolución; gracias al miedo estamos aquí. Tiene tal importancia y fuerza biológica y evolutiva que no podemos renunciar a él.

Normalmente el miedo es generado por estímulos novedosos, desconocidos, que son percibidos como peligros potenciales. Y la sensación que se desencadena ocurre de forma fugaz, casi instantánea, lo que permite al organismo reaccionar con la rapidez necesaria para, a veces, salvar su vida. Especialmente cuando esta respuesta ocurre ante un peligro real, objetivo, por ejemplo un depredador que acecha a su presa. Sin embargo, y especialmente en el contexto de la vida del ser humano, esto no siempre es así. Ya hace mucho tiempo que dejamos atrás la jungla, y nuestra lucha por la supervivencia tiene lugar en circunstancias muy distintas. Habitualmente, gracias a nuestro prodigioso cerebro y a su capacidad de abstracción, nuestro miedo se activa ante estímulos que no están teniendo lugar en el aquí y ahora, dando lugar más bien a la preocupación y no al miedo, es decir, generando una respuesta de alarma sostenida en el tiempo, en lugar de fugaz. Y es que, al contrario que lo que ocurría con el depredador, nosotros no podemos huir de nuestra mente (o sí, pero de formas con toda probabilidad dañinas). Nuestra preocupación nos perseguirá allí donde vayamos. Y más aún si allá donde vamos somos bombardeados con informaciones que fácilmente pueden hacer saltar nuestras alarmas una y otra vez.

¿Cómo nos afecta el miedo y la preocupación?

Aparte del malestar psicológico que genera encontrarse en este constante estado de alerta y del sufrimiento al que puede conducir la preocupación y ansiedad constante, a nivel biológico nuestro cuerpo no está preparado para mantener esta respuesta de forma prolongada. En la naturaleza, este mecanismo moviliza los recursos del cuerpo para afrontar estímulos de forma fugaz, escapar del peligro, y tan pronto como sea posible, recuperar la normalidad en el organismo (lo que se conoce como homeostasis). Pero no está a nuestro alcance, por ejemplo, resolver una crisis sanitaria mundial, ni se espera desde luego que lo consigamos en el lapso de tiempo idóneo para que la respuesta fisiológica de miedo no resulte nociva. La amenaza, o más bien su representación mental, sigue presente en todo momento en nuestra mente, impidiendo a nuestro cuerpo recuperar tal homeostasis y volver a su estado natural.

Cuando esta respuesta del organismo se mantiene, el funcionamiento del sistema inmune se ve perjudicado, haciéndonos vulnerables, por ejemplo, a problemas infecciosos (como el propio Coronavirus). Es decir, que el mantenimiento de una campaña mediática basada en el miedo es una de las formas más ineficientes de combatir una pandemia, en contraposición a la información objetiva, no sesgada ni catastrofista. La manera de tratar los datos y transmitir la información en los grandes medios de comunicación, o la imposición de medidas que generan más incertidumbre, indefensión y preocupación en las personas, como la imposición de mascarilla obligatoria en cualquier contexto, o los confinamientos contradictorios en barrios y municipios, son factores que acaban suponiendo un coste social y sanitario innecesario. La población necesita estar informada, no aterrorizada. La información es la mejor forma de prevención.

Comparto contigo este documento de la OMS que, aunque habla principalmente del uso de la mascarilla tanto en personal sanitario como en el público general, también trata algunos otros temas como las formas de transmisión de la Covid-19. https://apps.who.int/iris/bitstream/handle/10665/332657/WHO-2019-nCov-IPC_Masks-2020.4-spa.pdf

David Alonso Vidal

Psicólogo de Psience.

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