Empecemos por recordar qué es un trauma.
Generalmente se define la experiencia traumática como una vivencia de amenaza a la integridad de una persona y que produce síntomas emocionales y conductuales que tienen un impacto negativo.
Sin embargo también podemos definir trauma como cualquier factor externo, intrusivo para la persona, que resulta muy difícil de procesar e integrar psíquicamente de manera habitual. Por ello, uno de los problemas centrales a la hora de intervenir terapéuticamente con pacientes traumatizados es la interpretación que hacen de la experiencia traumática, ya que suele estar sesgada por distorsiones cognitivas.
Algo característico de la vivencia traumática es la intensidad con la que se vive esa experiencia. Esta intensidad puede bloquear a la persona, impidiendo responder de manera adaptativa, facilitando así que se desencadenen síntomas a raíz de la experiencia (por ejemplo, Trastorno por Estrés Postraumático). La propia intensidad puede ocasionar incluso una ruptura del self, o del yo, algo que se conoce como disociación.
Por último, podemos hacer una diferenciación entre los traumas con T mayúscula, que hacen referencia a acontecimientos, vividos o presenciados, que ponen en peligro la propia vida y traumas con t minúscula: son menos intensos, pero impacta de manera directa en las creencias de la persona sobre sí misma, los demás y el mundo, y se incorporan de forma sutil a la identidad de quien los vive.

¿Cómo se manifiesta el trauma en los niños y adolescentes?
La sintomatología asociada al trauma en esta población se presenta de forma ligeramente diferente a cómo se presenta en adultos. Por ejemplo, los niños expuestos al maltrato de forma recurrente pueden desarrollar déficits cognitivos y dificultades de autorregulación, ambas cosas muy ligadas a las dificultades académicas. Además, también pueden aparecer síntomas de estrés postraumático, como pensamientos intrusivos, ansiedad o conductas de evitación. Uno de los síntomas característicos del Trastorno de Estrés Postraumático es la reexperimentación de la vivencia traumática. En el caso de los niños, esto tiene lugar a través de juegos repetitivos y de pesadillas.
La ansiedad en esta población habitualmente toma forma de hiperactividad e inquietud, dificultad para dormir, rabia o irritabilidad.
El trauma infantojuvenil también está relacionado con baja autoestima y conductas de odio hacia sí mismos, conductas autolesivas, depresión, conductas de riesgo, problemas interpersonales y somatización. Ante la exposición al trauma infantil puede tener lugar también una regresión en el desarrollo, que habitualmente manifiesta a través del lenguaje o como descontrol de esfínteres aunque ya se hubiera tenido control anteriormente. También pueden aparecer síntomas disociativos.
Existe una asociación muy fuerte entre la presencia de vivencias traumáticas en la infancia y el desarrollo de psicopatología en la vida adulta. Especialmente, síntomas emocionales como ansiedad y depresión, y síntomas obsesivo–compulsivos.

¿Cómo puedo ayudar a un niño o adolescente que ha estado expuesto al trauma?
Os dejamos algunas pautas generales para ayudar a niños que han sufrido situaciones traumáticas.
Crea un ambiente seguro y de apoyo: Es fundamental que el niño se sienta seguro y protegido. Brindar un ambiente tranquilo y predecible, donde sepa que puede expresar sus emociones sin ser juzgado. Las rutinas y los horarios resultan muy útiles para generar un sentido de estabilidad y normalidad.
Escucha activamente: Permite al niño hablar sobre su experiencia y sus emociones. Escucha con atención y muestra empatía. A veces, solo necesitan sentir que alguien los entiende.
Valida sus emociones: Es importante reconocer y validar lo que el niño está sintiendo. No minimices sus emociones ni trates de decirles que «está bien» si no lo está. Permítele expresar su dolor y miedo.
Fomenta el juego y la expresión creativa: El juego y la creatividad pueden ser poderosas herramientas terapéuticas para los niños traumatizados. Permíteles expresarse a través del juego, el arte o la escritura.
Trabaja en la regulación emocional: Ayuda al niño a desarrollar habilidades para manejar sus emociones. Puedes enseñarle técnicas de relajación y respiración para que aprenda a calmarse cuando se sienta abrumado.
Promueve la conexión social: Fomenta las relaciones sociales saludables. El apoyo de amigos y familiares cercanos puede ayudar al niño a sentirse amado y comprendido.
Evita la reexposición al trauma: Trata de proteger al niño de situaciones que puedan reactivar su trauma. Siempre ten en cuenta sus desencadenantes y evita forzarlos a enfrentar situaciones que podrían ser demasiado abrumadoras.
Cuida de ti mismo: Ayudar a un niño traumatizado puede ser emocionalmente agotador. Asegúrate de cuidar de tu bienestar y busca tu propia ayuda y apoyo si es necesario.
Busca ayuda profesional: Siempre es recomendable buscar el apoyo de un profesional capacitado en trauma infantil. Un psicólogo formado en técnicas de terapia focalizadas en trauma o en técnicas de reprocesamiento como el EMDR puede ser una ayuda imprescindible para resolver el trauma, la sintomatología asociada, y prevenir el desarrollo de problemas posteriores o psicopatología en la edad adulta.
Recuerda siempre que cada niño es único, y lo que funciona para uno puede no ser adecuado para otro. La paciencia, el cariño y la comprensión son fundamentales para ayudar a un niño que ha sido expuesto al trauma.
Si quieres más información, o crees que te podemos ayudar, no dudes en ponerte en contacto con nosotros. Estaremos encantados de atenderte.

