Nuestros primeros aprendizajes.
Desde el primer momento de nuestra vida, inmersos en la inocencia infantil, el cerebro aprende constantemente, sin detenerse ni un segundo. De forma ininterrumpida, va clasificando todas y cada una de las cosas que percibimos y sentimos. No diferencia lo ‘bueno’ de lo ‘malo’; no entiende de ‘moral’ ni de ‘ley’, solo clasifica y aprende aquello que le resulta útil para satisfacer sus necesidades más elementales. Todo aquello que sirva, que demuestre ser útil para este básico propósito, se verá reforzado; se fortalecerá su aprendizaje.

Por ejemplo, si llorar sirve para que mamá acuda, y esto produce alivio y provee aquello que el niño necesita, la conducta del llanto será reforzada, fortaleciendo ese aprendizaje, haciendo que sea más frecuente, y facilitando que se convierta en una herramienta para el niño, útil para manejar su angustia y empezar a comunicar sus necesidades. O en caso contrario, ante el mismo llanto los cuidadores podrían angustiarse y preocuparse a causa de su propia inseguridad ante las necesidades del niño, o irritarse y enfadarse, y castigarle de algún modo; el pequeño no habrá logrado el alivio, la contención, o aquello que necesitara (tal vez tuviese hambre). El llanto en este caso no se verá reforzado, el niño aprenderá que prestar atención a sus necesidades causa revuelo, confusión, malestar en su entorno, aprenderá a controlarlas, ignorarlas, o negarlas, para adaptarse a su contexto. Y al cerebro en ningún momento nada de esto le parece bien, ni mal, ni potencialmente dañino, simplemente útil o no en la búsqueda y aprendizaje infantil por adaptarse y desenvolverse en el mundo en que cada uno ha ido a parar.
La formación de la identidad.
De estas primeras interacciones y aprendizajes en la relación con nuestros otros significativos, empezamos a conformar nuestras creencias sobre nosotros mismos, nuestra identidad y autoconcepto. Nos atribuimos una serie de adjetivos, cualidades y defectos, capacidades, vergüenzas, en torno a las cuales girará nuestra autoestima: la forma en que nos valoramos a nosotros mismos.

Así aprendemos quienes somos, y desarrollamos patrones y formas de comportarnos que, muy frecuentemente, acaban resultando coherentes con esa identidad que nos hemos atribuido y que utilizamos habitualmente para describirnos a nosotros mismos y diferenciarnos de los demás. Ese papel que hemos ‘elegido’ interpretar en nuestro mundo, y que no es ni bueno ni malo; simplemente, nos hemos adaptado.
Y se forma un complejo sistema de creencias y patrones.
Nuestras conductas más útiles empiezan a convertirse en patrones que, a medida que se reproducen una y otra vez, refuerzan y fortalecen la identidad, y confirman todo ese sistema de creencias que se ha ido desarrollando durante la infancia, y en torno al cual se interpreta y representa todo el mundo y la experiencia.
En ningún momento se preocupará el cerebro por diferenciar si esa identidad y esas creencias que se están fortaleciendo y consolidando suscitan más o menos autoestima, o más o menos esperanza sobre el mundo que rodea al individuo. El cerebro simplemente hace su mejor esfuerzo por adaptarse.

Y a medida que crece y se refuerza, el sistema de creencias se va volviendo más rígido y estanco, y cada vez ejerce más influencia sobre la forma en que el individuo percibe y procesa la información y selecciona posibles formas de responder. La psicología cognitiva ha descrito múltiples maneras en las que las creencias influyen y sesgan la percepción del mundo y de uno mismo, las emociones, las decisiones, la motivación… El cerebro procesa de forma automática para ahorrar energía y para mantener la estructura que le ha permitido adaptarse y desenvolverse. Cuando nuestras creencias y patrones se vuelven rígidos, se las ingenian para perpetuarse a sí mismos a través de profecías autocumplidas y sesgos cognitivos similares (filtrar y omitir selectivamente la información, por ejemplo). En definitiva, esfuerzos dedicados a no tener que cambiar.
Y nuestro fantástico cerebro hace todo esto sin avisar, silenciosa e inconscientemente, y de pronto un día creemos que ‘somos así’ (con o sin remedio), cuando, mucho más acertado sería pensar que hemos aprendido a ser así, de igual modo que podemos aprender a ser de cualquier otra manera, es sólo que no nos habíamos dado cuenta.
Pero esto, hasta aquí, es sólo pura biología; y nosotros ahora, en cambio, siempre podemos elegir.
David Alonso Vidal
Psicólogo Sanitario de Psience.

