Los propósitos para el año entrante son casi una parte más de la tradición de las fiestas de fin de año. Empezar el nuevo calendario proponiéndonos empezar a hacer tal o cual cosa que desearíamos, o dejar de hacer aquello que sentimos que no nos hace bien. Terminamos el año y empezamos el siguiente con algún deseo de cambio en mente. Sin embargo, a veces no somos consistentes con el propósito, con el cambio deseado, y al poco tiempo acabamos olvidándolo y renunciando a ello.

Por eso hoy queremos hablarte del cambio; de cambiar. Nos referimos al cambio que depende de uno mismo y de nada más; del que nos podemos hacer responsables. Partimos de la base realista de que no podemos cambiar a los demás (aunque les podemos pedir que cambien) ni podemos cambiar “el mundo” (aunque podemos influir y actuar sobre nuestro entorno). De lo que tenemos absoluta certeza es que nos podemos cambiar a nosotros mismos; nuestros hábitos, nuestra conducta.

Nos referimos al cambio que es susceptible de ser abordado a partir de la decisión de cambiar. Muchas veces no podemos cambiar cómo nos sentimos en determinados momentos. No podemos cambiar las emociones a nuestro antojo, pero eso no significa que las emociones no puedan cambiar. No podemos cambiar nuestras reacciones y pensamientos automáticos, pero sí podemos dejar de reaccionar, o de pensar, de forma automática.

En ocasiones a lo largo de nuestra vida nos sentimos atrapados en formas de actuar y reaccionar que desearíamos que fuesen diferentes, pero podemos llegar incluso a sentirnos incapaces de cambiar, o impotentes en relación al cambio. ¿Qué hay que hacer para cambiar? ¿Cómo puede tener lugar un cambio en mí? ¿Cómo lo hacen aquellos que han cambiado? Por eso, hoy os presentamos un pequeño recorrido a través de los distintos elementos que explican el cambio en las personas: una Pequeña Guía para el Cambio.

El punto de partida: la ambivalencia.

Ante cualquier cambio significativo que nos podamos plantear en nuestra vida, es normal presentar ambivalencia. Esto significa pensar y percibir de dos formas opuestas un mismo hecho. Se puede abreviar coloquialmente como el sí, pero no, y aunque suene raro, es extremadamente frecuente y completamente normal (quiero hacer esto, pero…).

La ambivalencia se suele representar de forma metafórica como una balanza en la que se pueden situar los valores y razones que pesan en cada uno de los lados opuestos. Cuando la balanza (la ambivalencia) se inclina en la dirección del deseo de cambiar, volviéndose más acentuada y más difícil de tolerar, entonces el cambio se vuelve planteable. Aparece en nosotros el deseo de cambiar.

El vehículo: la motivación.

Muchas veces en el lenguaje coloquial se habla de la motivación en términos de tener o no tener, o estar o no estar motivado. Se confunde la motivación con una característica propia de cada persona, como si fuera un rasgo estático del que cada uno dispone. No obstante, la motivación, lejos de ser un rasgo o característica, es más bien un proceso dinámico que fluctúa constantemente. Puede sufrir cambios a lo largo de diferentes situaciones y momentos del día, y sobre todo, del para qué. La motivación es un proceso que apunta en una dirección, y podemos describirla como el hecho de tener motivos para algo. Puedes no tener motivación para alguna cosa, pero sí tenerla para cualquier otra. El hecho de no tener motivación, además de ser desacertado, no supone una condena al estatismo. Simplemente, la acción a la que se dirige esa motivación no suscita las suficientes razones como para ponerte en acción. Lo cual no implica, ni que no vayas a tener motivación para ninguna otra cosa, ni que esa misma acción, en otro momento y situación psicológica, si te pueda resultar motivadora y apetecible. O lo suficientemente importante, porque uno de los mayores motores para estimular la motivación son los valores, es decir, aquello que consideramos importante y valioso.

La motivación y la ambivalencia están estrechamente relacionadas, de tal forma que la motivación para cambiar se incrementa cuando la balanza se inclina en dirección al cambio. Los movimientos de la balanza en ambas direcciones son responsables de que la motivación también fluctúe, y de que por ejemplo a lo largo del día nos arrepintamos de una decisión que hemos tomado por la mañana. Para mantenernos motivados es importante que tengamos presentes aquellas razones y valores que pesan en nuestra balanza y que nos han invitado al cambio, y al mismo tiempo que tengamos presente que la ambivalencia no desaparece. La ambivalencia es algo a lo que hay que habituarse y manejar una vez que hemos dado el siguiente paso, que es tomar la decisión de cambiar.

El trampolín: la toma de decisiones.

Cuando la balanza se inclina lo suficiente, haciendo planteable el cambio, y al mismo tiempo percibimos en nosotros suficiente motivación, entonces nos sentimos capaces de tomar la decisión de cambiar. Nuestra capacidad para tolerar la ambivalencia y mantener el proceso motivacional determinarán como de formal será la decisión tomada.

Una decisión firme conducirá a un cambio más consistente. La decisión consciente de cambiar pondrá en marcha mecanismos y recursos dirigidos a mantenernos de acuerdo con nuestra elección. Si al tomar la decisión aceptamos la ambivalencia, aceptamos que no será una decisión perfecta y siempre resonará un eco del sí pero no en nuestra cabeza, las probabilidades de llevar a cabo un cambio consistente serán mayores. Si por el contrario negamos esa ambivalencia idealizando la decisión tomada, el contacto inevitable con la ambivalencia en esos momentos en que fluctúen la balanza y la motivación, puede hacernos sabotear el cambio, arrepentirnos de la decisión tomada, y echarnos finalmente atrás.

El logro: la consistencia.

El objetivo de cambiar no es sólo hacer algo de forma diferente, dejar de hacer algo o empezar a hacer algo nuevo. El objetivo real es seguir haciéndolo. Incorporarlo. Hacerlo nuestro. Es decir, reaprender o desaprender lo viejo, y consolidar aprendizajes nuevos. Y esto requiere tiempo, paciencia y planificación. Las decisiones más espontáneas se asocian con cambios menos consistentes, mientras que las decisiones más planificadas, en las que se prevén las situaciones de vulnerabilidad o de riesgo, se asocian con un cambio más duradero y consistente.

Si quieres cambiar algo, necesitas visualizar cómo lo vas a hacer, qué vas a hacer en lugar de aquello que hacías, cómo vas a manejar esos momentos en que extrañarás tu viejo hábito. Sé realista con la decisión tomada: no es perfecta, supondrá su coste y tendrás que asumirlo. Un cambio duradero requiere un esfuerzo mantenido, pero será cuestión de tiempo que te salga solo, y aquello que has conseguido ya sea parte de ti. Además, el mayor beneficio de cambiar no es sólo el cambio en sí mismo, sino el aprendizaje de cómo cambiar.

Si quieres saber más, o crees que te podemos ayudar, ponte en contacto con nosotros sin ningún compromiso.

David Alonso Vidal

Psicólogo Sanitario de Psience.

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