Hoy es el día en que se conmemora la lucha contra la desigualdad con el objetivo de erradicar la brecha salarial, la paridad laboral, los techos de cristal, la violencia sexual, entre otros muchos hitos que quedan por alcanzar.

Muchos de estos ejemplos de desigualdad son bien conocidos hoy en día y existen multitud de asociaciones y estructuras institucionales dedicadas a promover su cambio. Sin embargo, parece que aún no es suficiente y tenemos un gran camino por recorrer

Este año, nos gustaría centrar la mirada en otros matices y expresiones de desigualdad que no se encuentran a menudo en el foco de la noticia, y que sin embargo son cuestiones internas al individuo que pasan desapercibidas. Son procesos automáticos y aprendidos en el contexto cultural, y que son independientes de los valores conscientes de la persona. Es decir, que incluso aunque nos consideremos feministas podemos manifestar estas formas implícitas de desigualdad. Esta herencia social se manifiesta todavía en aspectos como el lenguaje cotidiano, la publicidad, el sexo, los estereotipos asociados al género, y por supuesto, en la violencia machista. Por ello, ofrecemos una mirada autocrítica para las personas con el fin de promover la toma de conciencia del problema y convertirnos en agentes activos del cambio.

Es deber de la sociedad acabar con la desigualdad y la violencia, y de cada individuo tomar conciencia del problema y de la parte que le corresponde en su solución. La lucha está en la calle, y en la mente de hombres y mujeres.

La importancia del lenguaje en la igualdad.

En el contexto doméstico en ocasiones parece que los roles y las tareas siguen estando delimitados de forma implícita. Algunas parece que se asignan al rol masculino (por ejemplo las relacionadas con la tecnología) mientras otras tienden a recaer sobre el rol femenino, especialmente todas aquellas relacionadas con el ámbito doméstico. Esto se pone de manifiesto cada vez que se dice “te ayudo con la cocina, te ayudo a limpiar…” e infinidad de ejemplos. Esta forma de lenguaje, el hecho de ayudarte con, implica que aquello con lo que se ayuda es tu responsabilidad, tu tarea o tu competencia, y el que ayuda solo ejerce un papel periférico como mero ayudante y no como responsable ni como actor principal. Se ayuda con la mejor de las intenciones, desde luego, pero el lenguaje con que se expresa esa intención, en última instancia, refleja y mantiene la estructura del machismo aprendido y sociocultural en el que aún estamos inmersos en muchos aspectos. 

El fenómeno de la Parcialidad implícita. 

De forma inconsciente aprendemos asociaciones entre ciertos conceptos y los roles de hombre y mujer. Por ejemplo, asociamos la figura del científico a ciertas características entre las que habitualmente se encuentra el ser un varón (algo sin duda reforzado por la falta de reconocimiento de las mujeres científicas a lo largo de la historia). La principal consecuencia de esto es la visión sesgada que supone para nosotros. En cierto modo, vemos a través de nuestro aprendizaje, nuestras creencias y nuestros estereotipos, más que a través de nuestros ojos. Otras expresiones de este fenómeno, quizá algo más evidentes, se hacen notar cuando comparamos las entrevistas en televisión de mujeres y hombres célebres, las primeras a menudo enfocadas en su apariencia, su pareja o su maternidad, mientras a los hombres se les hacen preguntas relacionadas con su trabajo y su trayectoria profesional.

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La mujer como producto en el siglo XXI.

En muchos aspectos de nuestra vida cotidiana, la mujer sigue siendo cosificada y convertida en un reclamo publicitario. Pareciera que el hombre es el único consumidor potencial y requiriese de ciertos estímulos, frecuentemente sexualizados, para facilitar su consumo, ya sea de coches, colonias o desodorantes. En algunos casos, incluso, la mujer se convierte en producto. Recordemos la famosa frase que dice “si algo es gratis, el producto eres tú”, y pensemos por un momento en la inmensa mayoría de discotecas que utilizan a las mujeres como señuelo, ofreciendo entrada gratuita para ellas, convirtiéndolas en productos y considerando al varón como el único cliente. 

Violencia de Género

Se define como la violencia que se ejerce no por causas biológicas ni domésticas, sino de género. Es la violencia que se ejerce a las mujeres por su condición de mujer.

No es un fenómeno limitado al contexto doméstico o familiar, sino que se extiende más allá del hogar y se manifiesta en múltiples ámbitos y estructuras de la sociedad. Por ejemplo, cuando una mujer pasea por la calle y tiene que soportar que le piropeen, o cuando una mujer es señalada por su vestimenta, sus hábitos o cuestiones tan personales como su decisión de maquillarse o depilarse.

De igual manera, esta violencia tampoco se limita al maltrato o a la agresión, ya sea verbal, física o psicológica.

Esta violencia es consecuencia de un proceso de aprendizaje social de roles de género, constituidos por valores y expectativas atribuidos a hombres y mujeres. Desde la infancia, mostramos preferencias de unos juegos o juguetes por encima de otros en función de las expectativas que los adultos parecen tener sobre nosotros. “Los niños no pueden llorar o jugar con muñecas, las niñas son frágiles y no saben jugar al fútbol”, y un largo etcétera. Los cuentos de nuestra infancia nos hablan de princesas que necesitan ser rescatadas y valientes príncipes que acuden a su rescate. Los atributos de los roles de género y la identidad que se construye sobre ellos sientan su base a través de este tipo de experiencias y aprendizajes tempranos.

Tú puedes cuidar el lenguaje que utilizas a diario para no mantener el machismo implícito en la cultura en la que te has desarrollado como persona. Tú puedes abandonar formas de violencia, no utilizar el piropo, no señalar los rasgos que se salen del estereotipo femenino, y respetar a las mujeres. Tú puedes educar en igualdad, romper estereotipos y los roles de género.

Gracias a nuestras madres, amigas, hermanas, hijas, suegras, pacientes, y a todas las mujeres. Y por supuesto, gracias a todos los hombres feministas que nos acompañan.

David Alonso Vidal y Celia López Pérez.

Psicólogos sanitarios y directores del equipo de Psience. 

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