El ser humano ha desarrollado el mayor cerebro, en proporción con su peso, que jamás ha visto la naturaleza. La parte del cerebro evolutivamente más avanzada, a la que denominamos neocórtex, es algo que los seres humanos hemos llegado a desarrollar más que ningún otro ser viviente en la historia de la vida. Esto nos ha dotado de unas capacidades, sin lugar a dudas, únicas y especiales: la capacidad de abstracción, la capacidad del lenguaje y razonamiento, de autocontrol o inhibición de respuestas motoras, la habilidad para planificar y ejecutar respuestas en dirección a una meta, y por supuesto la capacidad para pensar de forma consciente.

En consecuencia, el ser humano se ha definido a sí mismo como un animal racional.

Sin embargo, a la hora de ser racionales, parece que pesa más nuestra historia evolutiva y biológica que nuestra capacidad y estructura cerebral. Es decir, venimos de donde venimos, y nuestro cuerpo, incluyendo por supuesto nuestro privilegiado cerebro, sigue siendo un instrumento ideado por la evolución con el fin de facilitar la supervivencia. Esto implica que su prioridad es sobrevivir, no pensar. Y las estructuras que permiten pensar también conciben esta función como mecanismo para sobrevivir.

Esto supone, por ejemplo, que nuestra capacidad de abstracción (representar imágenes, símbolos o conceptos en nuestra mente sin necesidad de que estén físicamente presentes) se basa en la necesidad de aprender y representar mentalmente posibles amenazas para poder anticiparse a ellas. Fantástica herramienta para adaptarse al mundo, pero terrible arma de doble filo a su vez, puesto que lleva implícita la posibilidad de vivir sumido en la angustia y la ansiedad.

Los Sesgos Cognitivos.

El ahorro de energía y la velocidad para tomar decisiones, cuando se trata de supervivencia, puede suponer la diferencia entre la vida y la muerte. Y este es otro de los lastres que arrastra nuestro cerebro y que condiciona enormemente nuestra capacidad para ser racionales. Con el fin de ahorrar tiempo y energía, nuestros procesos cognitivos tienden a incurrir en sesgos, atajos mentales que limitan nuestra capacidad para percibir, razonar y decidir.

Desde la psicología cognitiva se han descrito hasta cincuenta sesgos diferentes, muchas veces relacionados entre sí. Aquí te dejamos algunos de los sesgos más habituales (e insospechados).

Sesgo de correspondencia: es la tendencia a evaluar a los otros, o atribuir sus actos o resultados, según su personalidad, mientras nos evaluamos a nosotros mismos en función de la situación. Es decir, si otro llega tarde, es un perezoso o es impuntual; si uno mismo llega tarde, entonces ha ocurrido un imprevisto. Ligeramente similar es el sesgo de interés personal, basado en un sistema atribucional protector en el cual atribuimos nuestros éxitos a factores personales, mientras que nuestros errores se deben a las circunstancias o a la mala suerte. A las personas que sufren depresión habitualmente presentan este sistema atribucional totalmente a la inversa, explicando sus logros a través de la buena suerte y los errores o fracasos por características personales estables.

Efecto del falso consenso: es nuestra predisposición a creer que hay más gente que comparte nuestra opinión o nuestras creencias, o que nuestra forma de actuar está más extendida de lo que realmente puede estar.

Sesgo de confirmación: es nuestra tendencia a percibir, seleccionar y recordar la información que confirma nuestras creencias.

Sesgo de disconformidad: de forma similar al anterior, este sesgo explica nuestra predisposición a percibir de manera crítica o escéptica la información que contradice nuestras creencias, al mismo tiempo que se tiende a aceptar sin cuestionamiento la información que resulta coherente o confirma dichas creencias.

Falacia del costo hundido: o como dice el refrán, “de perdidos, al río”. Cuanto más tiempo, dinero o energía invertimos en algo, más nos cuesta renunciar y dejar de invertir en ello, a pesar de que el resultado no esté siendo el esperado.

Falacia del jugador: sesgo habitual en jugadores de azar, que consiste en la ilusión de que los resultados aleatorios del pasado influyen de algún modo en las probabilidades de resultados aleatorios futuros.

Ilusión de control: es la tendencia a creer que se tiene algún tipo de influencia en eventos externos, ajenos y azarosos.

Efecto marco: consiste en extraer diferentes conclusiones sobre un mismo hecho o información, en función del contexto en el que esta información se presenta.

Efecto animadora: es la tendencia a percibir a una persona como más atractiva en función de si se trata de un contexto grupal o individual.

Ilusión de invulnerabilidad: la idea de que “eso no me va a pasar a mí”. Es una distorsión de la percepción del riesgo de nuestras propias conductas.

Si quieres más información, no dudes en contactar sin compromiso.

David Alonso Vidal.

Psicólogo Sanitario de Psience.

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