Proponemos al lector ponerse en esta situación, con la que seguramente se sienta identificado:
Estás tranquilamente en el sofá, HBO está abierto con el último episodio de House Of Dragon. ¿Y tú? Mira tu mano. Como si de un encantamiento se tratara te encuentras con Instagram abierto. Ojeando las historias de tus amigos o echando un vistazo al último debate de Twitter. Casi de una forma automática, sin comerlo ni beberlo, toda la concentración que habías puesto se ha disipado. Y eso que llevas esperando una semana por este capítulo.
¿Por qué ocurre esto?
Bueno, el móvil se ha podido iluminar, o simplemente ha podido aparecer por tu mente el pensamiento de “a ver qué está haciendo la gente”. Cualquiera de estas posibilidades parece que ha conseguido captar tu atención. Pero, queremos ir un poquito más allá…
Esta situación que hemos querido exponer con un tono informal es algo de lo más común en el día a día de la gran mayoría de las personas. Pero que sea una conducta generalizada no quiere decir que sea la más saludable ni mucho menos.
Según un estudio de Unicef España en el que se entrevistaron a más de 40.000 adolescentes, muestra que cuatro de cada diez adolescentes utilizan las redes sociales para no sentirse solos. Aparte, también afirma que uno de cada cuatro hogares discute semanalmente por el uso de las pantallas.
Sabemos que cuando se habla de problemas con las redes sociales los prejuicios nos llevan a pensar en adolescentes, pero lamentablemente las cifras señalan también a la población adulta, sobre todo a raíz de la pandemia. Un estudio de la OCU (antes de la pandemia) afirmaba que uno de cada cuatro adultos tenia síntomas claros de dependencia: si en 2019 los adultos miraban el móvil una media de 96 veces al día, hoy esa cifra sube a 352 veces.
Más datos. El Informe Ditrendia: Mobile (2021), dice que 7,6 millones de españoles se consideran adictos al móvil y el 61% admite que lo primero que hace nada más despertar es mirar el teléfono.

Pero, ¿esto en que nos afecta?
Este uso generalizado y continuo de la tecnología tiene más impacto de lo que parece. En primer lugar, no llevar un control de nuestro apéndice digital tiene un efecto negativo en nuestra capacidad de aprendizaje. Es decir, la capacidad del cerebro para moldearse, generar y consolidar nuevas conexiones y vías sinápticas. Con nuestro Smartphone en la mano es mucho más difícil practicar el pensamiento contemplativo, reflexivo o introspectivo.
Nos enganchamos a la dopamina, el cerebro reparte cada vez que recibimos un nuevo Whatsapp o un Like de la misma forma que hace cuando se consume una droga. Y aunque todavía no está tipificado como trastorno, la relación que muchas personas mantienen con sus teléfonos y redes sociales presenta el mismo patrón que otras adicciones conductuales, como la ludopatía, las compras compulsivas, el sexo, la pornografía o los videojuegos.
El uso problemático de las redes sociales también tiene consecuencias en nuestro estado de ánimo, y se relaciona con mayor irritabilidad, alteración del sueño, falta de atención y concentración.
¿Cómo sé si tengo una «adicción»?
¿Quieres saber si estás enganchado o enganchada a las redes sociales? Te propongo que te hagas las siguientes preguntas:
- ¿Te irrita quedarte sin batería?
- ¿Tu círculo se queja de que pasas demasiado tiempo con el móvil?
- ¿Sientes molestia si no puedes buscar información en el móvil?
- ¿Saber que tienes un mensaje y no poder verlo te causa nerviosismo?
Si has respondido afirmativamente a la mayoría de esas cuestiones, entonces es posible que estés haciendo un uso potencialmente problemático de tus redes sociales. Quizá sea buena idea para ti que te propongas la posibilidad de cambiar algo en la forma o la frecuencia con que utilizas estas aplicaciones.
¿Puedo tener síndrome de abstinencia?
Sí. Como hemos explicado anteriormente nos encontramos ante el mismo patrón que otras adicciones conductuales, con lo cual, privarse del móvil puede producir mono. Para explicar esto nos apoyamos en un experimento de la Universidad de McMaster de Ontario, donde se comprobó que el quedarse sin móvil provocaba en los participantes respuestas elevadas de estrés, miedo y angustia. Esto se presentaba solo con 10 minutos de separación, suficiente para que el cerebro se pusiera a liberar cortisol.
¿Y tú? ¿Dónde encuentras el límite? Si sientes que hemos reflejado un poco tu día a día, pregúntanos, estaremos encantados de hablar contigo.

