Como habíamos hablado en la primera parte, las relaciones humanas afectan a la regulación biológica del propio individuo, y al aprendizaje de su propia capacidad de autorregulación. Según la Teoría Familiar Sistémica, la comprensión de la enfermedad no es completa si se toma en cuenta únicamente a un ser humano aislado de sus relaciones con los otros y la forma en que afectan a su funcionamiento a nivel fisiológico.
Diferenciación sistémica
Un concepto fundamental en esta Teoría Familiar Sistémica es la diferenciación, definida como la capacidad de estar en contacto emocional con otros y mantener un funcionamiento emocional autónomo propio. De forma aclaratoria podemos decir que una persona poco diferenciada carece de límites emocionales entre sí mismo y los demás. Carece de un límite que evite que su forma de pensar y entender «la realidad», su proceso cognitivo, se vea abrumado por su proceso emocional (lo llamamos desincronización de hemisferios, que explicaremos con más detalle en otra ocasión). Automáticamente esta persona poco diferenciada absorbe la ansiedad de los otros y genera una considerable ansiedad y malestar en su propio interior.
Por otra parte la persona bien diferenciada podrá responder partiendo de una aceptación abierta de sus propias emociones, que no habrán sido modificadas ni distorsionadas para adaptarse a las expectativas de nadie ni para ser reactivo ante ellas. Esta persona no suprimirá sus emociones pero tampoco las mostrará impulsivamente.

Llegados a este punto podemos distinguir dos tipos de diferenciación que podrían situarse en polos opuestos:
La diferenciación funcional se refiere a la habilidad de una persona para funcionar, basada en sus relaciones con los demás. Por ejemplo, puede que una persona se limite a hacer bien su trabajo mientras otras personas de su entorno, como compañeros de trabajo, pareja e hijos, sean capaces de absorber sus ansiedades irresueltas y soportar su mal humor, sus hábitos poco saludables, su falta de compromiso emocional o incluso sus comportamientos violentos. Este sería un ejemplo de diferenciación funcional. Por otro lado, si en una persona la capacidad de funcionar «adecuadamente» no depende de que otras personas tengan que hacer su trabajo emocional por él, es decir, si esta persona puede mantener un vínculo con otros mientras permanece emocionalmente abierta a ellos y a sí mismo, entonces se diría que esta persona posee una diferenciación básica. La conclusión es que cuanta menos diferenciación básica posea una persona, más propensa será a padecer estrés emocional y enfermedades físicas.
Es decir, que el proceso de desarrollo personal, desde esta perspectiva, puede definirse como el paso de una regulación externa, dependiente de nuestras relaciones significativas, a una autorregulación independiente y autónoma.

Autonomía y Seguridad
Casi desde el comienzo de la vida de los seres humanos, observamos una tensión entre las necesidades complementarias de autonomía y seguridad. El desarrollo personal requiere un cambio gradual y adaptado a la edad desde las necesidades de seguridad hasta el impulso de la autonomía. Es decir, pasar del apego a la individuación. Según el doctor Gabor Maté, nunca perdemos del todo ninguno de los dos, ni se supone que debe predominar uno a expensas del otro. Una mayor capacidad de autorregulación en la madurez viene acompañada de una mayor necesidad de autonomía, de libertad de tomar decisiones auténticas con uno mismo. Cualquier cosa que mine la autonomía será experimentada como una fuente de estrés. Sin embargo, esta autonomía debe ejercitarse de una manera que no altere las relaciones sociales de las que también depende la supervivencia, ya sea con personas cercanas, como familiares u otras figuras importantes, así como con como compañeros de trabajo o figuras de autoridad social. Cuanto menos se desarrolla la autorregulación en la infancia, más depende un adulto de las relaciones sociales para mantener la homeostasis. Cuanto mayor sea la dependencia, mayor será la amenaza cuando esas relaciones se vuelvan inseguras o se pierdan. De la misma forma, la vulnerabilidad que se perciba al estrés subjetivo y fisiológico será proporcional al grado de dependencia emocional. Para minimizar el estrés provocado por relaciones amenazadas, una persona puede ceder parte de su autonomía. Sin embargo, esto no es una fórmula para la salud, ya que la pérdida de autonomía en sí misma es una causa de estrés. La renuncia a la autonomía aumenta los niveles de estrés, incluso cuando superficialmente parece necesaria por el bien de la seguridad de una relación e incluso cuando subjetivamente sentimos alivio al obtener seguridad. De este modo si reprimo crónicamente mis necesidades emocionales para mostrarme más aceptable para otras personas, aumento del riesgo de tener que pagar por ello en forma de enfermedad.
Renunciar a la intimidad
El otro modo de protegerse del estrés provocado por relaciones amenazadas es el apagón emocional. Para sentirse segura, la persona vulnerable se aísla de los demás y se encierra en su propia intimidad. Este estilo de afrontamiento puede evitar la ansiedad y bloquear la experiencia subjetiva del estrés, pero no su fisiología. La intimidad emocional es una necesidad psicológica y biológica, y aquellos que levantan muros contra la intimidad no están autorregulados, solo emocionalmente congelados. Tendrán un gran estrés provocado por necesidades insatisfechas.

Está más que demostrado que el apoyo social ayuda a aliviar el estrés fisiológico. Se evidencian las íntimas conexiones entre la salud y el entorno social. Si seguimos de nuevo con las ideas del libro «Cuando el cuerpo dice NO», podemos afirmar que los sujetos más aislados socialmente son más propensos a desarrollar enfermedades de muchos tipos. Los riesgos de mortalidad en personas mayores se han asociado directamente a la integración social. Cuanto más socialmente conectadas están las personas, menor será el riesgo de muerte. Los lazos y apoyos sociales continúan siendo poderosos predictores de mortalidad, independientemente de cualquier otro factor de riesgo. Para el adulto, por tanto, la regulación del estrés biológico depende de un delicado equilibrio entre la seguridad relacional y social por un lado, y la autonomía como individuo por otro. Aquello que altera el equilibrio interno, independientemente de que el individuo sea consciente de ello, será una fuente de estrés.
Para poder realmente tomar las riendas del estrés en tu vida y comprender cómo funcionan estos mecanismos en ti, es necesario trabajar con las herramientas que la psicoterapia y la terapia del autoconocimiento profundo nos brinda. No dudes en ponerte en contacto con nosotros para contar con nuestra ayuda profesional.
Elias Alonso Vidal.
Psicólogo Sanitario de Psience.

