La autorregulación humana podría asemejarse de manera simbólica a un termostato que se asegura de que la temperatura en un lugar se mantenga constante independientemente de las condiciones externas. Siguiendo con esta metáfora podríamos afirmar que cuando un ambiente se vuelve demasiado frío se activa el sistema de calefacción y si ocurre lo contrario, cuando el aire se sobrecalienta, empieza a funcionar el aire acondicionado. Desde el punto de vista biológico, en el reino animal podemos observar cómo la autorregulación queda ejemplificada en la capacidad de las criaturas de sangre caliente para vivir en una gran variedad de entornos. Pueden sobrevivir a variaciones más extremas de temperatura que las especies de sangre fría sin congelarse ni sobrecalentarse. Estas últimas quedan restringidas a una variedad limitada de hábitats porque no poseen la capacidad de autorregular su ambiente interno. Los bebés humanos y las crías de animales apenas poseen la capacidad de autorregulación biológica, sus estados biológicos internos como el ritmo cardíaco, niveles de hormonas y actividad del sistema nervioso dependen completamente de su relación con los adultos y sus cuidadores. Las emociones como el amor, el miedo y la ira responden a necesidades de protección de la propia identidad e individualidad, y a la vez estas emociones cumplen una función de mantener relaciones imprescindibles con los padres, figuras de apego y otros cuidadores.

Podemos definir el estrés fisiológico como cualquier estímulo que el ser vivo interpreta como una amenaza a su relación de seguridad. En el caso de la infancia sería la amenaza a su relación de seguridad con los adultos de referencia, ya que cualquier alteración de dicha relación provocará en el medio interno un desequilibrio.
Siguiendo las ideas de mi principal fuente, el doctor Gabor Maté y autor del libro Cuando el cuerpo dice NO, actualmente sabemos que las relaciones emocionales y sociales siguen constituyendo importantes influencias biológicas más allá de la infancia.
«La autorregulación independiente puede no existir ni siquiera en la madurez» afirmó el doctor Myron Hofer en el año 1984 en el Departamento de Psiquiatría y Neurociencias de Nueva York. Esto quiere decir que, a lo largo de toda nuestra vida, las interacciones sociales juegan un papel importante en la regulación cotidiana de los sistemas biológicos internos. Los retos ambientales a los que estamos expuestos y la respuesta biológica que provocan están profundamente influidos por el contexto y por una serie de relaciones que nos conectan con otros seres humanos. Es decir, que la adaptación humana no ocurre enteramente en el interior del individuo.

Como especie, los seres humanos no evolucionaron como criaturas aisladas o solitarias, sino como animales sociales cuya única supervivencia dependía de fuertes vínculos y conexiones emocionales con la familia y la tribu. Estas conexiones han demostrado que realmente son una parte esencial de nuestra composición neurológica y química. Tenemos certezas de todo esto gracias a los grandes cambios fisiológicos cotidianos que experimentamos en nuestros cuerpos según interactuamos con otros. Por ejemplo, un mensaje cotidiano como «has vuelto a llegar tarde», provoca respuestas corporales marcadamente muy distintas en función de si nos lo dicen gritando con ira o con una sonrisa.
Cuando consideramos nuestra propia historia evolutiva y las pruebas científicas de las que disponemos, podría ser absurdo imaginar que la salud y la enfermedad pudieran entenderse aisladas de nuestras redes psicoemocionales. Partimos de la premisa básica de que al igual que otros animales sociales, la homeostasis fisiológica de los humanos y su estado de salud están influidos por el ambiente social y no solo por el entorno físico. Desde esta perspectiva biopsicosocial podemos afirmar que la biología, las relaciones interpersonales del individuo y el funcionamiento psicológico trabajan juntos, influyéndose unos a otros.

Según la Teoría Familiar Sistémica elaborada por el psiquiatra estadounidense Murray Bowen, «la enfermedad no es un acontecimiento biológico que se produce en un ser humano aislado». Una perspectiva basada en dichos sistemas reconoce las interrelaciones desarrolladas momento a momento en el funcionamiento fisiológico de los individuos. Esta interrelación fisiológica, muy evidente en la relación de la madre y el feto, no acaba con el nacimiento, ni siquiera con la maduración física. Como hemos visto en los párrafos anteriores, las relaciones entre seres humanos continúan siendo importantes reguladores biológicos a lo largo de toda la vida.
La conclusión final es que entendemos el desarrollo personal como un proceso en el que se pasa de una regulación completamente externa a la autorregulación, en la medida que lo permite nuestra programación genética y nuestro trabajo personal. Las personas bien autorreguladas son las más capaces de interactuar fructíferamente con otras dentro de una misma comunidad. Cualquier cosa que interfiera con ese plan natural amenaza las posibilidades de supervivencia del organismo a largo plazo, por eso es tan importante trabajar en esta dirección.
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Elías Alonso Vidal.
Psicólogo Sanitario de Psience.

