Un señor de 54 años se ha sentado hoy frente a mí. Tras unas pocas palabras, y quizá en parte por ese halo misterioso que envuelve el aire de la sala en la que trabajo, este hombre rompe a llorar. Al principio se resiste, mientras se le humedecen los ojos. Trata de aguantar, de no “venirse abajo”. Pero es inevitable y está a punto de ocurrir. Cuando brotan las primeras lágrimas, como un acto reflejo articula las siguientes palabras: lo siento, dice.

En ese momento este hombre está completamente avergonzado. Se siente débil, frágil, incapaz de salir adelante por sí mismo de la misma forma que pudo hacerlo cualquier otro hombre antes que él: sin necesitar ayuda. Qué vergüenza. Se disculpa de forma automática, mientras sigue intentando contener su llanto, como si lo que estuviera haciendo, que no es otra cosa que sentir, estuviese “mal”. Llorar delante de un desconocido.

Mi respuesta es elemental: no tienes por qué disculparte, ni tienes nada de lo que avergonzarte.

Conforme le escucho, conforme me habla de su dolor, voy entendiendo cada vez más hasta qué punto el sufrimiento de este hombre tiene mucho que ver con ser un “hombre que no puede llorar”. Es decir, comienzo a entender el modo en que, sobre una tristeza, una decepción, una pérdida, un sentimiento de culpa, se ha construido toda una estructura dirigida a sostener a este hombre como alguien aparentemente recompuesto, entero, fuerte. Alguien que no necesita ayuda y se vale por sí mismo. Alguien que no habla de emociones o de sentimientos porque no lo necesita. O eso se dice a sí mismo. Y eso le permite manejar su propio dolor, aunque genera una nueva dimensión del mismo, pues en el fondo esta estructura se tambalea y está a punto de derrumbarse.

a man crying while holding a picture frame

Fruto de esta misma estructura, tan firme a sus ojos pero endeble en realidad, empiezan los problemas. Este hombre no se comunica con su pareja. Este hombre ha dejado de lado a sus pocos amigos, y se encuentra cada vez más aislado. Este hombre está somatizando, hasta el punto de encontrarse de baja laboral por esa razón, pero no por sus emociones desbordantes, pues a costa de todo esto ha conseguido que no le desborden. Sin embargo, todo su entorno está preocupado por él. Todos lo notan, es evidente: algo le está ocurriendo. Él también lo nota, pero lo evita. Reconocerlo ante sí mismo, que es ni más ni menos lo que ha hecho hoy cuando se ha sentado junto a mí, supone desbordarse de nuevo. Supone prescindir de esa estructura por unos instantes y entender por qué la ha construido con tanto empeño, aunque inconscientemente.

Y así, con una admirable valentía para un hombre de sus características, lo ha podido hacer hoy ante un completo desconocido en un primer encuentro. No ha podido evitar disculparse, pero si en el trabajo que hagamos conseguimos entender como esa forma de disculparse lleva implícito en su significado la propia naturaleza del problema, de la forma en que ha evolucionado, tal vez este hombre pueda cambiar. Tal vez pueda renunciar a esa coraza y aprender a relacionarse de otra forma consigo mismo. Tal vez pueda reescribir su papel en el mundo, y amoldarlo de tal forma que no termine por resultar prisionero de un cliché obsoleto.

Dejar un comentario

Deja un comentario

Descubre más desde Tu equipo de Psicólogos en Arroyomolinos

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo