Uno de los dilemas éticos más frecuentes y por el que mucha gente se pregunta es por qué un familiar o un amigo no debería atender a otro en calidad de psicólogo.

La confusión es comprensible. Estamos acostumbrados a recibir servicios de personas cercanas y que ofrecen confianza: me gusta el bar de mi primo porque sirven productos de calidad, voy a la peluquería de mi vecina, que el corte me sale más barato, mi amiga oculista revisa la vista de mis hijos…pero…  ¿por qué no me puede atender mi amigo psicólogo que sabe por lo que estoy pasando? En este artículo hablamos de los motivos por los que no conviene este tipo de relación.

En primer lugar, hay que entender el término relación terapéutica. Este término en psicología hace referencia al vínculo que se establece entre el profesional de la psicología y el paciente. Viene marcada por el Código Deontológico del Psicólogo y unas reglas que la definen y que hacen que este tipo de relación sea muy diferente a la que podemos mantener con un amigo o un familiar.

Concretamente el Artículo 29 de este Código Deontológico (COP, 1987), especifica: «Del mismo modo, no se prestará a situaciones confusas en las que su papel y función sean equívocos o ambiguos».

Son varios los elementos que influyen en la relación terapéutica: la reciprocidad, la bidireccionalidad y la ética, más basada en el compromiso que en la moral. Poner en valor estos elementos ayuda a diferenciar el tipo de relación que los psicólogos mantenemos con nuestros pacientes, de la relación que puedan tener otros profesionales con sus clientes que demandan, piden o solicitan algún servicio.

Saber mantener los límites en psicoterapia garantiza y promueve que el espacio de encuentro del profesional y el paciente, sea seguro y que verdaderamente proporcione al paciente lo que necesita. Por su parte,  transgredir los límites con este tipo de relaciones (conocidas como relaciones duales) puede llegar a ser muy perjudicial y puede poner el espacio terapéutico al servicio de intereses personales (tanto por parte del profesional como por parte del paciente) en lugar de al servicio de la terapia.

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Pero al ser psicólogo, sabrá diferenciar su rol como profesional del que mantiene siendo mi amigo, ¿no?

Pues no es tan sencillo. En primer lugar porque existiría un sesgo de partida. Si previamente a la evaluación ya disponemos de datos o conocemos parte de la historia de vida del paciente, no se puede realizar un correcto estudio del caso, del paciente, de sus circunstancias, etc, incurriendo en la tediosa y en ocasiones imposible tarea de separar impresiones previas de aquellas que recabamos en la fase de evaluación psicológica.

Por otro lado, nuestras emociones terminan afectando en gran medida al vínculo profesional con esa persona y es mucho más fácil perder la objetividad, la imparcialidad y la capacidad de orientar adecuadamente a un amigo. En ocasiones nos llevarían incluso a medidas de protección (que no se dañe la amistad o la relación previa) muy contraproducentes en terapia. Debemos recordar que mantener una distancia profesional adecuada permite al profesional  establecer suficiente intimidad como para ahondar en las complejidades del motivo que ha llevado a la persona a consulta, pero sin poner en peligro el proceso por cuestiones subjetivas. 

Por otro lado, entra en juego el que el paciente comprenda y tenga en consideración al psicólogo como una figura profesional de autoridad y fiabilidad, algo que se estaría perdiendo si se incluyeran otras cuestiones personales.

Además, nos encontramos con el sesgo que puede darse en el trato que inevitablemente quedará influido por lo vivido dentro y fuera de la consulta. Así pues, la forma en la que paciente y profesional interactúen en ambas situaciones puede llegar a adquirir un tono algo artificial que rompa con la fluidez y la naturalidad de la relación.

Otro aspecto a tener en cuenta es la protección de datos y la confidencialidad con la que deben ser tratada la información compartida con el terapeuta. La responsabilidad del profesional, tanto ética como legal, es la de garantizar con seguridad que se van a cuidar y no se van a transmitir datos a nadie externo al proceso. 

Debemos tener en cuenta que si se diera una relación dual fuera de terapia, dicha garantía y seguridad (importantísima para la apertura emocional del paciente) terminaría rompiéndose. Como vemos, las relaciones entre psicólogos y pacientes deben ser relaciones profesionales. Si se insiste en iniciar una relación de amistad, lo más prudente y recomendable sería cambiar de profesional o simplemente esperar a que concluya la terapia.

Si quieres más información, o crees que te podemos ayudar, no dudes en ponerte en contacto con nosotros. Estaremos encantados de atenderte.

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