Toda terapia que da comienzo tiene como objetivo, entre otros, mejorar la calidad de vida de la persona. Cada profesional, a través de su intervención, podrá evaluar y trabajar diferentes factores que permitan que el paciente logre alcanzar los objetivos que se plantea. Aquí es importante recordar que el proceso terapéutico no dura indefinidamente, puesto que poco a poco la persona va aprendiendo y disponiendo cada vez de más herramientas que le ayudan a afrontar por su cuenta los problemas o dificultades de una manera más adaptativa. Es en este punto cuando comienza la fase de cierre.
¿Qué es eso del cierre?
Sí, igual te estás haciendo ahora esta pregunta. Es algo que las personas con las que trabajamos a menudo preguntan en sesión y que merece la pena aclarar. Veamos en qué consiste con ejemplos:
Caso L.
L es una mujer que acababa de perder su trabajo, le costaba dormir por las noches y sentía un nudo en la garganta y una presión en el pecho que le impedía respirar bien. En casa tampoco se sentía comprendida. Había dejado de hacer actividades que antes priorizaba: pasear, leer, cocinar… Con esta sintomatología comenzó las sesiones de psicoterapia. Desde el principio hubo buena conexión entre el psicólogo y ella. Al fin sentía que podía expresarse en un espacio libre de juicios y se sentía motivada y comprometida con las tareas que semanalmente se proponían al finalizar la sesión. Pasaron los meses y ya había encontrado un nuevo puesto de trabajo cuando su terapeuta sugirió la posibilidad de ir espaciando las sesiones cada quince días. Laura y su entorno ya apreciaban los cambios. Ahora conocía sus fortalezas, pero también sus vulnerabilidades y necesidades. Disponía de nuevos recursos y sabía aplicarlos cuando lo necesitaba. L terminó el proceso contenta y con un futuro prometedor por delante. Sabía que podría para recurrir a su terapeuta siempre que sintiera que atravesaba un momento de flaqueza.
Caso J.
J, por su parte, ha vivido el proceso de otra manera muy diferente. Ella acudía a terapia para superar una ruptura amorosa y esperaba poder “olvidar” a su ex novio cuanto antes. Al terminar su tercera sesión sentía que la terapia le estaba produciendo “incomodidad”, y comenzó a pensar que no era buena idea continuar porque no encontraba cambios significativos como esperaba. Además sentía que era demasiado caro para estar “perdiendo el tiempo”. J tomó la decisión de dejar la terapia por ella misma de un día para otro y sin contar con la opinión de su terapeuta. Nunca más volvieron a verse.
Pues bien, L y J no son pacientes reales, pero sí están inspirados en actitudes de personas reales. Y sobre todo reflejan dos maneras muy diferentes de terminar un proceso de terapia (cierre).
¿Crees que la sensación de L es la misma que la de J respecto a la terapia? ¿ y la del psicólogo?
Seguramente no. Y es que en realidad, de cómo finalice la terapia dependerá la forma en que sea integrado y recordado el proceso al completo. El cierre terapéutico no deja de ser una parte más de todo un proceso.
Imagina que después de haber comprado todos los ingredientes y haber seguido la receta de un pastel, el horno no se enciende y queda crudo. Nadie podrá disfrutar de su agradable sabor porque justo falta el paso final. ¡Qué pena! Pues algo parecido ocurre en terapia: no se ha culminado el proceso. Por ello se le debe dar la importancia que tiene.
Diferencia entre alta terapéutica y abandono de la terapia.
Dar el alta terapéutica supone que la psicoterapia ha tenido éxito y que el paciente ha podido alcanzar sus objetivos y realizar los cambios que necesitaba. Se trata de algo muy gratificante tanto para profesional como para el paciente (como cuando sacas el bizcocho del horno y sale jugoso y a punto). Antes de recibir el alta, es importante que tanto el paciente como el psicólogo, realicen un análisis conjunto con el fin de determinar si se han conseguido los objetivos propuestos.
El paciente que ha recibido el alta habrá encontrado un cambio positivo que conlleva un nuevo aprendizaje en relación con su propio problema o motivo de consulta tras afrontarlo y haber aprendido a usar y puesto en práctica las herramientas terapéuticas adecuadas.
Cuando el fin de la terapia es de mutuo acuerdo, se puede comenzar el proceso de alta como una discontinuación de las sesiones.

Es decir, pasar de sesiones semanales a quincenales, y posteriormente a sesiones cada tres semanas o mensuales, para continuar con un seguimiento cada vez más espaciado en el tiempo. A lo largo de este seguimiento, se puede continuar el trabajo sobre cuestiones puntuales o incluso prevenir posibles recaídas gracias a una detección precoz de las mismas. Es importante recalcar que a pesar de que la terapia haya llegado a su fin, se puede retomar si vuelven a aparecer dificultades a tratar.
No obstante, pueden aparecer ciertas dificultades que hacen que el paciente no desee continuar con el proceso, que quiera interrumpirlo o abandonar la terapia antes de tiempo.
Entre los principales motivos de abandono encontramos:
- Cambian las prioridades. Puede ocurrir que aquello que al paciente le llevó a la consulta, no es en estos momentos lo que le preocupa, lo cual no quiere decir que se haya resuelto.
- Prisas por terminar. Muchos pacientes piensan que su problema debería quedar resuelto tras 3-5 sesiones buscando obtener resultados inmediatos y olvidando el proceso de aprendizaje que supone la terapia.
- Expectativas extremadamente altas. Genera frustración y en consecuencia falta de motivación para continuar. Se relacionaría con el punto anterior.
- «Si ya estoy bien«. Justo cuando empiezan a mejorar, muchos pacientes deciden abandonar. A veces se debe a que se confían, y consideran que su problema ya debe de estar resuelto al encontrarse mejor. También puede ocurrir que los cambios que se producen al principio asustan, como todo lo que no podemos controlar por nosotros mismos.
- Negarse a profundizar. El paciente dice tener ya superado algunos temas o justo cuando se tocan sutilmente los sortea (“mejor no hablar de esto…”). Son pacientes a los que les cuesta hablar de sus síntomas, o de sus emociones, o de su historia, algo que genera importantes obstáculos en la terapia provocando frustración y desmotivación en ambas partes (psicólogo y paciente).
- Constancia y tareas para casa. Es habitual que el psicólogo mande al paciente algunos “deberes” para realizar en el espacio entre sesiones. Si el paciente no se compromete en esta tarea, el tratamiento irá inevitablemente más despacio, generándose frustración y desmotivación en el paciente, que puede conducir al abandono.
- Mala alianza terapéutica. Puede que el psicólogo no haya explicado bien cómo será el proceso terapéutico al paciente (mal encuadre de la terapia) o que no exista una buena conexión entre ellos, generando que el paciente no responda al tratamiento por falta de motivación o expectativas incumplidas, que el psicólogo no tenga competencia para abordar la problemática, la propia personalidad del psicólogo, que exista contradicción entre lo que dice y lo que necesita el paciente, etc.
- ¡Es muy caro! Este es uno de los motivos más escuchados ante un abandono de terapia. No obstante, ante la pregunta de si ir a un psicólogo es caro, habría que plantearse qué precio le ponemos a nuestra salud emocional. ¿ Cuál es el precio de mejorar la relación contigo mismo, con tu pareja o con tu familia? ¿Qué precio tiene aprender a manejar la ansiedad o recuperar las ganas de vivir?
En definitiva, acudir a terapia es una decisión que cada vez toman más personas, y progresivamente el estigma que orbitaba en torno al hecho de ir al psicólogo está quedando cada vez más atrás. Sin embargo, aún queda trabajo a la hora de mostrar y explicar a las personas en qué consiste el proceso terapéutico en sí mismo, ya no sólo en cuanto al cierre, sino también en cuanto al papel (activo) del paciente durante el proceso de terapia.
Esperamos que haya sido de tu interés. Si quieres más información, o crees que te podemos ayudar, no dudes en contactar sin compromiso.

