El suicidio es uno de los más serios problemas de la salud pública a nivel mundial. Según los datos más recientes recogidos por el Instituto Nacional de Estadística, el suicidio supone la primera causa externa de muerte en nuestro país y el principal motivo de fallecimiento en las personas con edades comprendidas entre los 15 y los 39 años. A pesar de tratarse de unos datos desoladores, hoy en día el suicidio sigue siendo un tema tabú en nuestra sociedad.
No solo el suicidio consumado es una realidad oculta en nuestra cultura. La depresión, los trastornos mentales graves, la ideación suicida o las tentativas de suicidio son socialmente penalizados y aumentan el estigma de las personas que lo sufren, tratándose todas estas problemáticas de factores de riesgo para el suicido, que además, pueden ser hasta 20 veces más frecuentes.
Hace años las tasas más elevadas de suicidio se daban entre varones de avanzada edad, sin embargo, se trata de un problema que va en aumento entre los adolescentes. Tanto es así, que se trata del grupo de edad de mayor riesgo en una tercera parte de los países. En Europa y América del Norte los trastornos mentales, en especial el trastorno depresivo, la esquizofrenia, el trastorno límite de la personalidad y el abuso de alcohol, son determinantes para este problema.

Factores de riesgo.
El suicidio es un problema multifactorial, donde juegan un papel importante distintas circunstancias:
-Factores personales: depresión, abusos en la infancia, traumas, antecedentes familiares, entre otros.
-Factores relacionales: Falta de apoyo social, aislamiento, conflictos, etc.
-Factores sociales: El estigma asociado a los trastornos mentales, los medios, recursos y la dificultad para buscar ayuda profesional.
-Factores comunitarios: Estrés por migración, desastres naturales, conflictos armados, etc.
Según estudios realizados en Europa, entre las características de la población joven asociadas a un mayor riesgo de suicidio encontramos la falta de actividad física, sueño deficiente, consumo de sustancias, preocupación por la orientación sexual, sufrir bullying, ser inmigrante, y problemas psicológicos como ansiedad, depresión, tendencias autolesivas o experiencias psicóticas.
Conocer las señales de alarma que pueden desencadenar en un desenlace tan fatal como lo es el suicidio es clave para actuar contra esta situación y poder pedir ayuda.
La estigmatización del malestar.
Vivimos en la cultura de la ideología positiva, en la que se castigan y evitan las emociones “negativas” y en la que se apartan a las personas y situaciones que nos hacen sentir incómodos. Esto aumenta considerablemente el sufrimiento y la desesperanza de las personas con sintomatología depresiva.

Nuestra sociedad cada vez mas individualizada da lugar a personas solitarias, siendo este un caldo de cultivo idóneo para la desesperanza y el suicidio.
A pesar de todo esto, el suicidio SE PUEDE PREVENIR. Es importante señalar y recordar que estas personas no quieren dejar de vivir, sino dejar de sufrir.
Rompiendo el tabú y mediante la intervención psicológica temprana, fundamental para aprender a detectar las señales de alarma y contar con estrategias de afrontamiento adaptativas. Los tratamientos con mayor evidencia científica para tratar estos casos son la Terapia Cognitivo Conductual y la Terapia Dialéctico Conductual. Un terapeuta especializado en estas técnicas y un entorno social empático será el mejor apoyo para las personas con riesgo de suicidio.
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Henar Pérez Llorente.
Psicóloga Sanitaria de Psience.

